Saturday

Desconocido 2/2018/Cuetz

Con todas sus letras, mi hermano está muerto. Pienso en las alernativas de finales más nobles, nobles como lo era él. Tal vez el no tenía amalgamas y sigue vivo por allá, por España comiendo torta española y tomando su vino tinto, jamón serrano y a fin de quincena su calimoche, escuchando Estopa; o tal vez está en el Cielo quedando bien con su tocayo el San Pedro para que cuide 24/7 a sus hijos porque los extraña; o tal vez vive con esa mujer que dice que fue el amor de su vida y no nos ha contado a nadie; o tal vez los muertos somos nosotros que insistimos que estamos vivos sólo por respirar. Qué tan doloroso puede ser perder a un hermano, un hermano desaparecido, un familiar desaparecido en México, como los hay todos los días en este país de mierda. Hay un sostenerse en la vida con cierto grado de dolor en el que es imposible odiar o amar. Si he dicho que mi vida ya sólo consiste en contar días, y más recuerdo la última vez que lo vi. Tengo una foto cuando fuimos niños y justo le doy un beso en su mejilla afuera de la casa de Puebla, el era más pequeño que yo. Crecimos, pero no lo dejé de ver jamás como un niño pequeño, y ahora que cae su muerte como una piedra, sé bien que tengo que hacer. La piedra me cayó en la espalda, donde ahora tengo un tatuaje que significa que existe orden en el caos, que the light shines in the darkness and the darkness has not over come it y de lo demás me encargo yo. Espero que de alguna forma, Pedro, en donde quiera que esté me vea, porque yo a él, ya es imposible. Descanasa en paz hermano.

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