1. Asociación libre.
Una pensaría que la soledad implica estar sola, en una isla.
Hay dos que al parecer confían en mi, uno es mi perro y bueno, hoy no es un buen día para morir.
Se me ocurren varias formas de escapismo pero ninguna mejor que escribir para que nadie me lea.
El rostro de la pandemia es una especie de dolor inaudible, esa especie de dolor inaudible le he bautizado como soledad. Después de todo, no es tan mala, uno se encariña con ella como con un viejo amigo.
Hoy declaro que no habito mi cuerpo, no estoy segura de quien lo habita pero promete ser alguien mejor que yo.
Renuncio a la vida, renuncio a Londres, al pasado, al futuro. El presente parece algo agridulce.
Pasearé al perro y me drogaré tantito, como dice mi mejor amigo, aunque sea sólo de mentiritas, las drogas joden.
Mientras tanto, mis fantasmas insisten en no venir por mi, es mi intención atravesarlos. No termina aquí, porque el final va distinto y lo desconozco.
2. Análisis
Aquí la soledad deja de ser una circunstancia (“estar sola”) para devenir una entidad psíquica autónoma, un “viejo amigo” con el que se pacta. Es el duelo por la presencialidad del mundo. La declaración “no habito mi cuerpo” es pura disociación traumática: el yo se observa a sí mismo desde un lugar extraño, entregando la tenencia del cuerpo a un “alguien mejor”, en un acto de desesperanza redentora. Las renuncias (a la vida, a Londres, al tiempo lineal) no son deseos de muerte, sino una askesis, un despojo radical para sobrevivir al peso de la historia personal y global. El “presente agridulce” es el único tiempo posible: el de los rituales mínimos (pasear al perro) y los simulacros de fuga (“drogarse tantito”). La escritura “para que nadie me lea” es la paradoja última: afirmar la existencia en el mismo gesto que la oculta, crear un testimonio que no pide testigos. Los “fantasmas” que se niegan a venir señalan un agotamiento del propio dolor; la intención de “atravesarlos” sugiere que la moratoria ha terminado. El final desconocido no es una rendición, sino un acto de fe en una narrativa que aún no se controla, pero que se intuye distinta. Es la resistencia convertida en paciencia.
3. Microcuento
Hubo una vez una pandemia, que le esneñó al mundo que no tenemos escrita la siguiente página de nuestra vida.
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