Sunday

Aprendiz de bruja

No todos los devotos de la doble moral (de los que besan crucifijos con manos blancas y ensangrentadas) saben las consecuencias de sus prejuicios. La ignorancia, después de todo, es solo otro nombre para la cobardía. Me mataron. Fue rápido: un certificado de defunción firmado con tinta católica, por bruja fue el veredicto. Pero a los tres días, resucité convertida en ética: con una cadencia que silba "ni un paso atrás" y "yo sí te creo" mientras acaricia las mejillas de quienes aún no saben que pronto despertarán con mis muertos entre los dientes. Llegará pronto el día, en el que verán en el espejo no el rostro piadoso que pretenden, sino las manos vacías y la boca llena de preguntas: ¿A cuántos enterramos vivos? ¿Cuántas noches nos creímos justos? Yo, mientras tanto, soy solo este viento que escribe epitafios con las manos rotas. Soy la que limpia las losas donde yacen Páramo y la esteparia, mis fantasmas queridos, mientras ustedes aprenden a digerir su vergüenza. Es más fácil odiar que elegir perdonar, lo sé. Saberlo no impide elegir silbidos cínicos, ternuras afiladas, que no permiten olvidar que el daño está hecho, pero entre odios y algunas virtudes, barro sus escombros, perversos y mojigatos escombros, de quienes ya tiene rato que murieron en vida.