domingo

Bruja principiante.

1. Asociación libre. 
No todos los devotos de la doble moral (de los que besan crucifijos con manos racistas y ensangrentadas) saben las consecuencias de sus prejuicios. La ignorancia, después de todo, es solo otro nombre para la cobardía. 
Me mataron. Fue rápido, un certificado de defunción firmado con tinta religiosa.
Por bruja, fue el veredicto, pero a los tres días, resucité convertida en ética: con una cadencia que resiste cantando "ni un paso atrás" y "yo sí te creo" mientras acaricia las mejillas de quienes aún no saben que pronto despertarán con mis muertos en sus pesadillas.
Llegará pronto el juicio final y se les preguntará: ¿A cuántos enterraron vivos? ¿Cuántas noches se creyeron justos? Yo, mientras tanto, seguiré al viento que escribe epitafios con las manos rotas.
Seré la justicia que limpia las losas donde yacen Páramo y la esteparia, mis fantasmas familiares, mientras ustedes aprenden a digerir su vergüenza. 
La ética me obligo a arrastrarme del odio al perdón pero la justicia me enseñó silbidos cínicos, ternuras afiladas, y a no olvidar que el daño está hecho. Y aquí seguimos todos, entre odios y virtudes, yo barriendo escombros perversos y mojigatos de quienes ya tiene rato, que murieron en vida, por lo que ya mis muertos, descansan en paz. 

2. Análisis.
El relato traza una transformación: de la muerte social por estigma (“bruja”) a la resurrección como ética militante. El mecanismo es una identificación invertida con la acusación, que convierte el estigma en identidad política. La ética resultante canaliza el odio en un cuidado activo, simbolizado por el “viento” como significante que escribe la memoria de lo silenciado.

3. Microcuento 
La brujita que aprendió a querer.
Hubo una vez una brujita morena, a la que le gustaba jugar en el camposanto por las tardes. No sabía querer, solo sabía llorar. Con sus lágrimas, limpiaba el polvo de las piedras viejas y encontraba nombres olvidados. Por cada nombre que limpiaba, crecía una mariposa blanca. La brujita no podía hablar de lo que sentía, pero todos escuchaban su voz cantando entre las flores: ritmos dulces que contaban secretos verdaderos. Un día se acabaron sus lágrimas y descubrió emocionada por primera vez, la alegría en su corazón.